jueves, octubre 14, 2004

Cristianismo tradicional

Tengo una duda que me aqueja últimamente porque modifica los valores adquiridos desde mi más tierna infancia.

¿Existe un cristianismo tradicional?

Entiéndase la palabra tradicional como la costumbre transmitida de padres a hijos, sin mayor ideal que el título que proviene de un antecesor, carente de toda obligación moral o ética. Porque últimamente esa es la impresión que algunos que reclaman la tradición cristiana de Europa ofrecen de la religión creada por un tal Jesús llamado el Cristo.

Durante toda mi vida entendí el cristianismo (más allá de toda creencia dogmática) como una fe cuya piedra angular -que sustenta todo un edificio- era ésta: ama a tu prójimo como a ti mismo.

Sin embargo, cualquier observador extraterrestre ignorante de nuestra historia tendría la impresión de que la etiqueta cristiano tiene un significado único de pertenencia, un símbolo grupal, nada más.

-¿Eres cristiano? Rezaba el catecismo que nos impusieron los curas católicos. ‘Si soy cristiano por la gracia de Dios’ habíamos de responder. Pero como tantas otras respuestas, esta también era incorrecta. Si, soy cristiano porque lo eran mis padres –debería de haber sido la respuesta auténtica- y antes que ellos mis abuelos, soy cristiano porque nací en España, pero podía haber nacido en un país árabe y entonces muy probablemente sería musulmán y aún diría más, dentro de todas las sectas cristianas me educaron en la católica, pero también podía haber sido protestante, o testigo de Jehová o quizá un adventista del séptimo día o un mormón según el entorno en el cual me hubiese educado.

No, no es una cuestión de educación o tradición, yo creía que ser cristiano significaba algo más. ¿Se puede apoyar una guerra injusta –seamos claros, hoy ya nadie duda que la guerra de Iraq tuvo como único objetivo el petróleo- y a la vez llorar con el Sermón del Monte? ¿Dónde ha quedado la bondad de la cristiandad? Probablemente relegada a historias para niños por los supuestos cristianos que creen que ‘el mundo real’ es muy diferente al propuesto por Cristo, al que muy probablemente volverían a crucificar.

Porque es perfectamente posible ser ateo y amar al prójimo como a uno mismo, pero no sólo es incompatible sino imposible despreciar al prójimo y ser cristiano. Esto último fue lo que practicaron los miembros de cierta secta conocidos como fariseos.