miércoles, octubre 20, 2004

Fotografía

La luna escondía su rostro entre las nubes y la volvía a mostrar una y otra vez, indecisa. El viento frío del invierno, que agitaba fuertemente las ramas de los árboles y que el otoño había dejado desnudas, alejaba de las calles y avenidas incluso a los mendigos. Algunos carámbanos se formaban en los establecimientos entre los toldos recogidos y la pared. Sólo unos pocos atrevidos caminaban por las calles en busca de su destino. Pero la mayoría se recogían en sus hogares, refugiados en el calor de sus radiadores y estufas y la comodidad de sus butacas y sofás y las suaves luces de sus lámparas que daban a las habitaciones ese agradable color entre amarillo y carmesí. Algunos ya preparaban sus cenas calientes y sabrosas en una cocina llena de alimentos frescos y deliciosos condimentos.
Entró en su hogar como cada día después de un largo y duro día de trabajo. Vivía solo y odiaba el silencio de las habitaciones. Era por ello que cada día al entrar y después de encender la luz del vestíbulo y dejar su gabán y chaqueta en el perchero se dirigía a su cuarto de estar y pulsaba el botón negro. Una pantalla se iluminaba repentinamente que inundaba la habitación de gente y voces y música. Nunca prestaba atención a todo aquel parloteo incesante, sin embargo la abundancia y variedad de sonidos le creaba la suficiente sensación de compañía como para poder desechar toda impresión de soledad mientras se dedicaba a sus quehaceres domésticos.
Aquel día fue diferente. En el instante en que la pantalla se iluminaba y antes de que se apartara de ella pudo observar una imagen deprimente. Era una fotografía. El lugar era desértico, el sol iluminaba con fuerza estremecedora, algunas chozas deterioradas se observaban al fondo y en primer plano hombres, mujeres y niños de piel oscura, semidesnudos algunos y otros por completo, especialmente los niños, con sus cuerpos sucios por el polvo y la árida tierra. Sus vientres, hinchados por la hambruna, la curva de la infelicidad, contrastaban con los esqueléticos brazos y piernas. Los labios de blanco pálido, del color de la tierra, de la sed y del hambre. Mientras contemplaba aquella imagen, se oían algunas voces de fondo, tuvieron que pasar algunos segundos hasta que se percatara de que la persona que hablaba era la misma que había realizado la fotografía. La fotografía desapareció y el hombre apareció cómodamente sentado hablando continuamente detrás de la pantalla. Hablaba sin parar y describía esto y aquello y todo lo que se podía observar mediante la fotografía.

- Si, pero tú ¿Qué hiciste? – Preguntó al hombre de la pantalla.

Ignorando la pregunta, el hombre de la pantalla continuó hablando. Mientras le observaba sentía que sus piernas le pesaban y que su cuerpo estaba paralizado. No podía dejar de observar aquellas imágenes angustiosas.
Apareció una nueva fotografía en la pantalla.
Esta vez sintió que la imagen le desgarraba el corazón. En medio de aquella tierra seca, en un lugar solitario, caminaba una niña, sola y desnuda. El hombre de la pantalla describía como se había alejado del campamento y había encontrado aquella niña. Su descripción no era diferente al resto. Brazos delgados, vientre hinchado y considerable cráneo. No tendría más de cinco años.

- Si, pero tú, ¿Qué hiciste? – Volvió a preguntar al hombre la de la pantalla.

Pero el hombre hablaba y hablaba de lo lastimoso de la situación, del hambre, de la pobreza de las injusticias, del dolor...

- Si, pero tú ¿Qué hiciste?

Casi sin darse cuenta, mientras observaba al hombre de la pantalla, se había sentado y apoyando los codos en las rodillas se frotaba las manos, se rascaba los dedos, tiraba de ellos, los cruzaba y los movía en todas las direcciones. La madera de la mesa que sostenía la televisión dio un pequeño crujido como de dolor y sufrimiento. Un trueno, que anunciaba una pronta tormenta, estalló en medio de la noche y los cristales, empañados por la humedad, retumbaron; sintió un pequeño espasmo y en la pantalla apareció una nueva fotografía.
Se mordió los dedos. La niña solitaria aparecía con las piernas encogidas y la cabeza cerca de la tierra. Había visto muchas veces una imagen parecida en los parques, en los jardines. Los niños se agachaban para jugar con la tierra, para tomarla entre sus manos y ver como se les escapaba entre sus delgados dedos. Pero esta niña no estaba jugando. Esta niña estaba cansada. Sus manos no jugaban con la tierra, se apoyaban en ella, su cabeza caía junto a su cuerpo agotada por el cansancio que venía de la falta de vitaminas y proteínas y grasas e hidratos de carbono y minerales, con calcio y fósforo y magnesio y sodio y hierro y yodo y potasio y del agua clara pura y limpia. Caía porque su cuerpo ya no podía más. Y aquel hombre detrás de la pantalla hablaba y hablaba acerca de la pobre niña y de la fotografía y del horror y de la desolación y de la impotencia y del miedo y de la vida y de la muerte...

- Si, pero tú, ¿Qué hiciste? –Preguntó una vez más a aquel hombre que no podía oírle.

Las piernas le temblaban ante la aparición de la fotografía más desoladora. La niña permanecía en la misma posición encogida y vulnerable. Pero esta vez, a poco más de un metro un buitre permanecía impasible a la espera de una muerte evitable. Aquella criatura, con la cabeza en tierra, no podía advertir que había dos seres vivos observándola: un buitre y un fotógrafo.

- Pero tú, ¿Qué hiciste? ¿Qué hiciste?

Y como si un millar de almas, como si todos a la vez, en un grito al unísono le hiciesen la misma pregunta, el hombre de la pantalla respondió:

- Y no hice nada porque había tanta gente a la que había que ayudar, que no podía ayudarlos a todos. Sólo me acerqué al buitre y lo espanté.

Sus codos continuaban apoyados en las rodillas, pero esta vez las manos ocultaban su rostro. La humedad que ahora estaba en sus ojos se filtraba a través de las comisuras, entre sus dedos. Su rostro, también caído, como el de la niña, pero esta vez por el dolor, permanecía en una continua contracción provocada por el sufrimiento. Las lágrimas se hacían cada vez más abundantes. La compasión y la desesperanza le ahogaban.

La luna ocultaba definitivamente su rostro a una humanidad indigna. Un trueno de dolor resonó en el cielo que comenzó a sollozar con profusión. Los árboles se agitaban como queriendo huir de la impiedad. Y en una pantalla de televisión permanecía la fotografía de una niña y un buitre y una voz de un hombre que surgía de interior del televisor y un lamento que permanecía en el exterior. Los dos vieron lo mismo. El primero vio la imagen perfecta para un premio pulitzer a la mejor fotografía, el segundo, una niña, hambrienta, cansada, indefensa que caía exhausta mientras un buitre permanecía al acecho, o quizás eran dos, y en el cielo resonaron las palabras que el zorro dijo al Principito: “No se ve bien sino con el corazón”.



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Nota: Kevin Carter recibió el premio pulitzer en el 23 de Mayo de 1994 por la fotografía de una niña Sudanesa que desfallecía en el camino hacía el centro de alimentación, mientras un buitre cercano a ella permanecía a la espera. Dos meses después Kevin Carter, a los 33 años, se suicidaba al ingerir un veneno.